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H.P.Lovecraft:La Nave Blanca

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H.P.Lovecraft:La Nave Blanca

Mensaje  Darkness71775 el Jue Mayo 03, 2012 6:50 pm

Soy Basil Elton, guardián del Faro de North Point, tal como lo fueron mi padre y mi abuelo antes que yo. Alejado de la costa se alza el faro grisáceo, descollando sobre rocas sumergidas y fangosas que resultan visibles en la bajamar, pero que desaparecen de vista al subir las mareas. Ante ese faro han desfilado por espacio de un siglo los majestuosos bajeles de los siete mares. En tiempos de mi abuelo eran multitud; en los de mi padre no tanto, y ahora son tan pocos que a veces me siento extrañamente sólo, como si yo fuese el último hombre sobre nuestro planeta.

De costas lejanas llegaban aquellas embarcaciones con blancas velas de antaño; de lejanas costas al oriente, donde brilla el Sol cálido y dulces aromas flotan sobre extraños jardines y templos gentiles. Los viejos capitanes visitaban con frecuencia a mi abuelo y se lo contaban, y él se las relataba a su vez a mi padre, y mi padre me las transmitía a mí en las largas tardes de otoño, cuando el levante aúlla de forma espantosa. Y yo he leído más acerca de tales cosas, y de otras parecidas, en libros que los hombres me dieron cuando era joven y pletórico de inquietudes.

Pero más maravilloso que la sabiduría de los ancianos y el saber de los libros resulta el conocimiento secreto del océano. Azul, verde, gris, blanco o negro; bonancible, picado o montañoso; ese océano jamás calla. Durante toda mi vida lo he visto y escuchado, y lo conozco bien. Al principio me contaba tan sólo sencillos cuentecillos acerca de playas tranquilas y puertos cercanos, pero con el pasar de los años fue tornándose más amistoso y me habló de otras cosas. A veces, durante el crepúsculo, los vapores grises de horizonte se abrían para darme un atisbo de las rutas que hay más allá; y en ocasiones, durante la noche, las aguas profundas se han vuelto claras y fosforescentes para otorgarme una visión sobre los caminos de debajo. Y tales visiones han sido tanto de los caminos que son como de los que pudieran ser, así como de los que fueron; ya que el océano es más viejo que las montañas y acarrea las memorias y los sueños del Tiempo.

Del sur era de donde solía arribar La Nave Blanca cuando la luna lucía llena y alta en los cielos. Del sur, bogando tranquila y silenciosa. Y estuviera el mar agitado o en calma, y fuera el viento favorable o contrario, siempre bogaba tranquila y silenciosa, el velamen desplegado y las largas filas de remos moviéndose al compás. Una noche divisé sobre cubierta a un hombre barbudo y togado, y parecía llamarme con señas a embarcar hacia incitantes costas desconocidas. Desde entonces, pude verlo multitud de veces a la luz de la luna llena, y en cada ocasión me reclamaba por señas.

Con gran fulgor resplandecía la luna la noche en que respondí a su llamada, vadeando las aguas hacia la Nave Blanca, sobre un puente de rayos lunares. El hombre que me hiciera señas me dio ahora la bienvenida en un idioma que se me antojó conocer bien, y las horas se colmaron de amables cantos de remeros mientras bogábamos hacia el sur misterioso, teñido en oro por el resplandor de aquella luna llena, madura.

Y al romper el alba, rosado y resplandeciente, avisté la ribera verde de una tierra lejana, bella y luminosa; desconocida para mí. Sobre el mar se alzaban nobles terrazas de verdor, salpicadas de árboles y mostrando aquí y allá relucientes tejados blancos y columnatas de extraños templos. Al alcanzar la orilla verde, el hombre barbado me dijo que en tal tierra, “la Tierra de Zar”, es donde moran todos los sueños y pensamientos hermosos que llegan alguna vez al hombre y que son olvidados más tarde. Y cuando observé las terrazas de nuevo, vi que había dicho verdad, ya que entre las visiones que se me mostraban había multitud de cosas que alguna vez atisbara entre las brumas de más allá del horizonte y entre las fosforescentes profundidades del océano. Había asimismo formas y fantasías más esplendorosas que cuanto hubiera conocido hasta entonces; las visiones de jóvenes poetas que murieron en la indigencia antes de que el mundo pudiera conocer cuanto vieron y soñaron. Pero nosotros no hicimos pie en las inclinadas praderas de Zar, ya que está escrito que quien las oye jamás volverá a sus costas natales.

Mientras la Nave Blanca navegaba alejándose en silencio de las terrazas llenas de templos de Zar, descubrimos en lontananza las agujas de una poderosa ciudad; y el hombre barbado me dijo:

-Ésa es Thalarión, “la Ciudad de las Mil Maravillas”, donde residen todos aquellos misterios que el hombre ha tratado siempre en vano de sondear.

Y yo observé de nuevo, con mayor detenimiento, y vi que la ciudad era la mayor de cuantas hubiera conocido o soñado antes. Los pináculos de sus templos rozaban los cielos, de forma que hombre alguno podía contemplar las cúspides; y hasta más allá del horizonte se alzaban las formidables murallas grises sobre las que uno podía atisbar tan sólo unos pocos tejados, extraños y siniestros, aunque adornados con hermosos frisos y esculturas seductoras. Anhelé terriblemente el poder acceder a esa fascinante, y a un tiempo, espantosa ciudad, e imploré al hombre barbado que me desembarcara en el muelle de piedra que hay junto a la puerta Akariel, inmensa y tallada, pero él se negó con amabilidad a mis deseos, diciendo:

-Muchos son los que han acudido a Thalarión, la ciudad de las Mil Maravillas, pero ninguno ha regresado. Tras sus muros sólo habitan demonios y seres enloquecidos que han dejado de ser humanos, y las calles blanquean con los huesos insepultos de quienes han contemplado al espectro de Lathi, que rige sobre la ciudad.

Así que la Nave Blanca se hizo a la vela, abandonando los muros de Thalarión, y siguió tras un pájaro que emigraba al sur, cuyo llamativo plumaje hacía juego con el cielo en el que había aparecido.

Entonces arribamos a una costa bella y gozosa, repleta de flores de todos los colores, en la que, hasta donde alcanzaba la vista, podíamos ver hermosas arboledas y radiantes cenadores al sol del mediodía. De los emparrados de más allá nos llegaban estallidos de canciones y retazos de lírica armonía, entremezclados con leves risas, tan deliciosas que acucié a los remeros en mi ansiedad por alcanzar el sitio. Y el hombre barbado no pronunció palabra, pero me observaba según nos aproximábamos a la orilla bordeada de lirios. Bruscamente, un viento, soplando sobre las praderas floridas y los bosques frondosos, nos trajo un olor que me hizo estremecer. El viento arreció y el aire se llenó con el olor letal y putrefacto de las ciudades apestadas y los cementerios descubiertos. Y mientras bogábamos con rapidez lejos de esa costa maldita, el hombre barbado habló por fin, diciendo:

-Ésa es Xura, “la Tierra de los Placeres Inalcanzados”.

Así que de nuevo la Nave Blanca siguió al pájaro de los cielos sobre mares benditos por la calidez, abanicados por brisas aromáticas que acariciaban. Día tras día y noche tras noche navegamos, y cuando la luna estaba llena podíamos escuchar los amables cantos de los remeros, dulces como en aquella noche lejana en que navegamos alejándonos de mi tierra natal. Y fue a la luz de la luna que anclamos al fin en el puerto de Sona-Nyl, que está custodiado por dos promontorios gemelos de cristal que se alzan sobre las aguas, uniéndose en un arco resplandeciente. Ésa es “la Tierra de la Fantasía”, y alcanzamos su verde orilla sobre un puente dorado de rayos lunares.

En la Tierra de Sona-Nyl no existe el tiempo ni el espacio, ni sufrimiento o muerte; y allí moré durante incontables épocas. Verdes son los pastos y las arboledas, llamativas y fragantes las flores, azules y musicales las corrientes, claras y frías sus fuentes, e imponentes y magníficos los templos, castillos y ciudades de Sona-Nyl. En esa tierra no hay fronteras, ya que más allá de cada panorámica de belleza se alza otro aún más hermoso. Por sus campos y entre el esplendor de sus ciudades vagan a placer gentes alegres, todas ellas tocadas por una gracia pura y alegría sin tacha. En los eones en que residí allí, vagabundeé ebrio de felicidad a través de jardines en los que se alzaban pintorescas pagodas, sobre macizos placenteros, y en donde los paseos blancos están bordeados de delicadas flores. Remonté colinas amables desde cuyas cimas pude avistar fascinantes panoramas de ensueño, con antiguas poblaciones acurrucadas en valles de verdor, y con las cúpulas doradas de ciudades inmensas refulgiendo en el horizonte sin fin. Y contemplé el mar, rutilante a la luz de la luna, los promontorios de cristal y el plácido puerto donde aguardaba anclada la Nave Blanca.

De nuevo era luna llena la noche, en el inmemorial año de Thar, en que vi perfilarse la incitante silueta del pájaro celestial y sentí la primera punzada de inquietud. Entonces acudí al hombre barbado y le hablé de mi repentino afán por ir a la remota Cathuria, que ningún hombre ha visto, pero a que todos suponen que se halla más allá de los pilares de basalto de occidente. Ésa es “la Tierra de la Esperanza” y en ella refulgen los modelos ideales de cuanto conocemos; o eso es al menos lo que cuentan los hombres. Pero el hombre barbado me replicó:

-Guárdate de aquellos mares peligrosos en que los hombres dicen que se halla Cathuria. En Sona-Nyl no existen ni dolor ni muerte, ¿pero quién puede decir lo que aguarda tras los pilares de basalto de Occidente?

No obstante, con la siguiente luna llena abordé la Nave Blanca y, en compañía del hombre barbado, ahora reacio, dejé aquel puerto feliz rumbo a mares inexplorados.

Y el pájaro de los cielos volaba ante nosotros, guiándonos hacia las columnas basálticas de occidente, pero en esa ocasión los remeros no cantaban amables canciones bajo la luna llena. En mi imaginación a menudo me pintaba la desconocida Tierra de Cathuria con sus espléndidas arboledas y palacios, preguntándome qué nuevos placeres me aguardaban. “Cathuria”, me decía, “es el hogar de los dioses y la tierra de desconocidas ciudades de oro. Sus selvas están formadas por aloe y sándalos, a semejanza de las fragantes arboledas de Camorín; y entre los árboles revolotean hermosos pájaros trinando sus melodías. En las verdes y floridas montañas de Cathuria se alzan templos de mármol rosa, embellecidos con glorias pintadas y esculpidas, albergando en sus patios frescas fuentes cristalinas que dan el contrapunto con su música encantadora a las perfumadas aguas que proceden del río Narg, que brota de una gruta. Las ciudades de Cathuria están circundadas por murallas doradas, y sus calles son asimismo de oro. En los jardines de tales ciudades hay extrañas orquídeas y lagos perfumados cuyos lechos son de ámbar y coral. En las noches, las calles y los jardines se encienden con bellas linternas forjadas en las conchas tricolores de las tortugas, y allí resuenan las amables notas del cantor y del laúd. Y las casas de las ciudades de Cathuria son todas palacios, cada una de ellas edificada sobre un fragante canal alimentado por las aguas del sagrado Narg. De mármol y pórfido son las casas, techadas con resplandeciente oro que refleja los rayos del sol y realza el esplendor de las ciudades a ojos de los dioses bienaventurados que las contemplan desde picos distantes. Hermoso sobre todo ello resulta el palacio del gran monarca Dorieb, a quien unos tienen por semidiós y otros por una deidad. Alto se alza el palacio de Dorieb, y resultan innumerables los torreones de mármol sobre sus muros. En sus amplios salones se dan cita las multitudes, y allí penden los trofeos de las eras. Y el techo es de oro puro, sustentado por altas columnas de rubí y lapislázuli, ostentando figuras talladas de dioses y héroes tales que el observador cree estar ante el Olimpo viviente. Y el suelo del palacio es de cristal bajo el que fluyen las aguas del Narg, ingeniosamente iluminadas y embellecidas por vistosos peces desconocidos más allá de las fronteras de la bendita Cathuria.

Así me hablaba a mí mismo de Cathuria, pero el hombre barbado me instaba sin descanso a volver a las felices orillas de Sona-Nyl; ya que Sona-Nyl, es conocida por los hombres, mientras que nadie ha llegado a contemplar Cathuria.

Y a los treinta y un días de seguir al pájaro, avistamos las columnas basálticas de occidente. Se hallaban envueltas en bruma, de forma que nadie podía atisbar más allá de ellas, o entrever sus cumbres... que de hecho algunos suponen alcanzando los cielos. Y el hombre barbado me suplicó de nuevo que volviéramos, pero no le hice caso; ya que entre las brumas que había más allá de las columnas de basalto creí oír las notas del cantor y el laúd; más dulces que la más dulce canción de Sona-Nyl, y entonando mi propia alabanza; alabanza en mi honor, que había viajado lejos bajo la luna llena y habitado la Tierra de la Fantasía. Así que la Nave Blanca se adentró en la bruma que había entre los pilares basálticos de occidente, buscando los sones de esa melodía. Y cuando la música se detuvo y la bruma se alzó, no vimos la tierra de Cathuria, sino un mar alborotado e impetuoso sobre el que nuestro inerme bajel fue arrastrado hacia un destino desconocido. Pronto llegó a nuestros oídos, desde el lejano horizonte, el titánico bramar de una catarata monstruosa, allí donde los océanos del mundo se desploman en una nada abismal. Entonces el hombre barbado me habló con lágrimas en las mejillas:

-Hemos despreciado la hermosa Tierra de Sona-Nyl, que jamás volveremos a ver. Los dioses son más grandes que los hombres, y han vencido.

Y yo cerré los ojos ante el impacto que se avecinaba, apartándolos de la imagen del pájaro celestial, que agitaba sus burlonas alas azules sobre el borde del torrente.

Tras el choque llegó la negrura, y escuché el griterío de hombres y seres inhumanos. Del oriente se alzaron vientos tempestuosos, y me sentí helar mientras me acurrucaba en un trozo de piedra húmeda que se había alzado bajo mis pies. Luego escuché otro golpe y abrí los ojos para descubrirme sobre la plataforma de aquel faro que abandonara navegando muchas épocas atrás. En la oscuridad de abajo se divisaban los grandes perfiles de un buque encallado en las rocas crueles y, mientras observaba los restos, comprendí que la luz se había apagado por primera vez desde que mi abuelo ocupara su puesto.

Y en la última observación de la noche, al entrar en la torre, vi en el muro un calendario que estaba tal y como lo dejara una hora antes de embarcar. Al alba descendí de la torre y busqué los restos del naufragio entre las rocas, pero tan sólo hallé esto: un extraño pájaro color azul cielo, y un mástil hecho añicos, de una blancura mayor que la de la espuma de las olas o la nieve de las montañas.

Y desde entonces el océano no ha vuelto a contarme sus secretos, y aunque muchas veces la luna ha brillado llena y alta en los cielos, la Nave Blanca nunca ha vuelto del sur.
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