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H.P.Lovecraft:La Declaracion De Randolph Carter

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H.P.Lovecraft:La Declaracion De Randolph Carter

Mensaje  Darkness71775 el Jue Mayo 03, 2012 6:43 pm

Les repito, caballeros, que su interrogatorio es inútil. Enciérrenme de por vida si así lo quieren; enciérrenme o ejecútenme si necesitan una víctima mediante la que aparentar ese espejismo al que llaman justicia; pero no puedo decir más de lo ya dicho. Les he contado sin tapujos todo cuanto puedo recordar. No he distorsionado ni escondido nada, y si recuerdo algunas osas con dificultad, se debe tan sólo a esta nube oscura que se había apoderado de mi mente... esa nube y la naturaleza nebulosa de los horrores que cayeron sobre mí.

Insisto en que no sé qué ha sido de Harley Warren, aunque creo -casi espero-, que descansa en paz, si es que tal existe en algún sitio. Es cierto que durante cinco años fui su amigo más íntimo y compañero en algunas de sus terribles exploraciones de lo desconocido. No negaré, aunque mis recuerdos resultan difusos e indeterminados, que ese testigo que presentan pueda habernos visto juntos tal como dice, en el camino de Gainesville, yendo hacia el pantano del Gran Ciprés, sobre las once y media de esa noche espantosa. Aún puedo añadir que llevábamos linternas, palas y un curioso rollo de alambre con accesorios, ya que tales instrumentos tenían su misión en la única y odiosa escena que queda grabada a fuego en mi trastornada memoria. Pero de cuanto ocurrió después, y del motivo por el que fui hallado solo y aturdido al borde del pantano la mañana siguiente, debo insistir en que nada sé sino lo ya contado una y otra vez. Dicen que no hay nada en el pantano o en sus cercanías que pueda servir de escenario para ese espantoso suceso. Les respondo que no sé más que lo que he visto. Debió ser ilusión o pesadilla -deseo fervientemente que fuese ilusión o pesadilla-, aunque eso es todo cuanto mi mente retiene de lo acontecido en estas estremecedoras horas que siguieron a nuestra desaparición de la vista de los hombres. Y el porqué Harley Warren no volvió, él o su sombra -o algún ser indescriptible que no puedo describir-, tan sólo puedo especular.

Como dije antes, los extravagantes estudios de Harley Warren me resultaban familiares, y hasta cierto punto los compartía. De su amplia colección de libros raros, extraños o versados en materias prohibidas, he leído cuantos se hallan escritos en lenguajes que conozco, pero ésos son los menos en comparación con aquellos escritos en idiomas que me resultan desconocidos. La mayoría, creo, está en árabe; y el libro inspirado por el demonio que causó nuestro fin -el libro que se llevó en el bolsillo fuera del mundo- estaba escrito en unos caracteres como nunca antes vi. Warren nunca me dijo sobre qué trataba exactamente ese libro. Respecto a la naturaleza de sus estudios... ¿debo decir que no los comprendía completamente? Me siento bastante afortunado de que así sea, ya que se trataba de estudios terribles, que yo seguía más por renuente fascinación que por una inclinación real hacia ellos. Warren me dominaba siempre, y a veces me daba miedo. Recuerdo cómo me estremecí ante su expresión la noche anterior a aquel espantoso suceso, mientras él exponía sin cesar su teoría de que algunos cadáveres no se pudren, sino que permanecen sanos y robustos en sus tumbas durante millares de años. Pero ya no le tengo miedo, porque supongo que él mismo ha experimentado horrores más allá de mi entendimiento. Ahora temo por él.

De nuevo les digo que no tengo clara idea de nuestro propósito aquella noche. Es cierto que tenía mucho que ver con el libro que acarreaba Warren -ese antiguo libro de caracteres indescifrables, llegado un mes antes de la India-, pero juro que no sé qué pensábamos encontrar. Su testigo dice habernos visto a las once y media en el camino de Gainesville, yendo hacia el pantano del Gran Ciprés. Será verdad, pero no me acuerdo. La imagen que está clavada en mi espíritu es tan sólo una escena y debió ser bien pasada la medianoche, ya que había una luna en cuarto menguante alta en los cielos medio nublados.

El lugar era un viejo cementerio, tan antiguo que me estremecí ante los múltiples signos de años inmemoriales. Se hallaba en un pantano profundo, húmedo, cubierto de espesas hierbas, musgo y unas malezas curiosamente rastreras; sofocado por un difuso hedor que mi imaginación enfermiza asoció de forma absurda con piedras podridas. Por todas partes había signos de abandono y decrepitud, y me acosaba la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivos que invadían un mortífero silencio secular. Al borde del valle una media luna menguante asomaba entre agobiantes vapores que parecían surgir de desconocidas catacumbas, y a la luz de sus rayos débiles y trémulos pude distinguir una repulsiva mescolanza de viejas losas, urnas, cenotafios y fachadas de mausoleos; todos desmoronándose, cubiertos de musgo y mancillados por la humedad, parcialmente sepultados por la exuberancia vegetal de unas malezas malsanas. Mi primera impresión cierta de mi estancia en esa terrible necrópolis se refiere al acto de pararme con Warren ante cierta sepultura medio oculta y descargar algunos útiles que portábamos. Entonces me percaté de que cargaba con una linterna y dos palas, mientras mi compañero se equipaba con una linterna parecida y un teléfono portátil. No cambiamos palabra, ya que el lugar y la tarea a emprender parecía sernos conocida; y sin mayor dilación empuñamos las palas y comenzamos a desbrozar hierbas y malezas, apartando la tierra de la arcaica sepultura muerta. Tras desvelar toda su superficie, formada por tres inmensas lajas de granito, retrocedimos algunos pasos para contemplar aquel osario, y Warren pareció realizar algunos cálculos mentales. Luego regresó al sepulcro y, empleando su pala como palanca, intentó alzar la losa más cercana a una ruina pétrea que un día pudo ser un monumento. No lo consiguió, y me llamó en su ayuda. Por fin, nuestra fuerza combinada aflojó la losa, la alzamos y la echamos a un lado.

La apertura de la losa reveló una negra abertura de la que brotó una vaharada de gases infectos tan nauseabundos que hubimos de retroceder llenos de horror. Tras un intervalo, no obstante, nos aproximamos de nuevo al agujero y descubrimos más tolerables las emanaciones. Nuestras linternas nos mostraron el inicio de una escalera de piedra, rezumante de algún detestable icor de las profundidades de la tierra, flanqueada por húmedas paredes llenas de incrustaciones. Y de ese momento, por primera vez, recuerdo palabras; Warren dirigiéndose a mí con su suave voz de tenor; una voz singularmente indiferente a los espantosos contornos.

-Lamento tener que pedirte que permanezcas en la superficie -dijo-, pero sería un crimen permitir que alguien con unos nervios tan frágiles como los tuyos bajara. No puedes imaginarte, aun a pesar de todo cuanto has leído y de todo cuanto te he contado, las cosas que veré y haré. Es un mundo demoníaco, Carter, y dudo que nadie que no sea un hombre con nervios de acero pueda alguna vez vislumbrarlo y regresar vivo y cuerdo. No pretendo ofenderte, y el cielo sabe lo feliz que me encuentro de tenerte a mi lado, pero en cierta forma soy responsable y no puedo arrastrar a un manojo de nervios como tú a una muerte o locura probables. Ya te digo, ¡no puedes hacerte idea de cómo es eso! Pero te prometo tenerte al tanto de cada movimiento mediante el teléfono... como ves, ¡tengo cable suficiente como para llegar al centro de la Tierra y volver!

Aún puedo escuchar con la memoria esas palabras pronunciadas con frialdad, y puedo recordar mis protestas. Me parece haber estado desesperadamente ansioso de acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, aunque se mostró tercamente inflexible. Llegó a amenazar con abandonar la expedición si continuaba insistiéndole; una amenaza que resultó efectiva, ya que tan sólo él poseía la clave de aquello. Aún puedo recordar todo esto, aunque no sé muy bien de qué estamos hablando. Tras haberse asegurado mi reacio consentimiento, Warren tomó el rollo de alambre y ajustó los instrumentos. Por mi parte, tomé uno de éstos y me senté sobre una lápida añosa y descolorida, cerca de la oquedad recién abierta. Entonces me estrechó la mano, se echó al hombro el rollo de alambre y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario. Por un momento pude ver el resplandor de su linterna y oír el susurro del alambre desenrollándose a sus espaldas; pero el resplandor pronto desapareció bruscamente, como si hubiera topado con una curva en la escalera de piedra, y el sonido se esfumó casi tan rápidamente. Yo me hallé solo, aunque unido a profundidades desconocidas mediante aquella mágica hebra cuya superficie aislante se mostraba verde bajo los tremolantes rayos de esa media luna menguante.

En el desolado silencio de esa ciudad de muerte vetusta y abandonada, mi imaginación concebía las más horribles fantasías e ilusiones, y los grotescos altares y monolitos parecían asumir espantosos caracteres... una conciencia a medias. Sombras amorfas parecían acechar desde las oscuras oquedades del pantano henchido de malezas y revoloteaban como ejecutando una blasfema procesión ceremonial, más allá de los accesos a los túmulos en la ladera de la colina; sombras que no podían ser fruto de esa media luna pálida y vigilante. Continuamente consultaba mi reloj a la luz de la linterna y aplicaba el oído con febril intensidad al receptor del teléfono; pero durante más de un cuarto de hora no escuché nada. Luego hubo un débil chasquido del instrumento y yo llamé con voz tensa a mi amigo. Asustado como estaba, no me hallaba en modo alguno preparado para las palabras que brotaron de aquella cripta extraordinaria con tonos que resultaban más alarmados y estremecidos de cuanto hubiera oído antes a Harley Warren. Él, que se mostrara tan calmo al dejarme poco antes, ahora llamaba desde abajo con un susurro trémulo, más portentoso que el más destemplado de los aullidos:

-¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!

No pude responder. Enmudecido, tan sólo podía esperar. Entonces volvieron las frenéticas exclamaciones.

-¡Carter, es terrible... monstruoso... increíble!
En esta ocasión no me falló la voz, y barboté por el trasmisor un torrente de preguntas excitadas. Aterrado, repetía de continuo:

-¿Qué es, Warren? ¿Qué es?

-¡No puedo explicártelo, Carter! Está completamente más allá de cualquier imaginación... no me atrevo a contártelo... nadie puede conocerlo y seguir vivo... ¡Dios mío! ¡Nunca pude imaginar ESTO!

El silencio volvió, roto por mi ahora incoherente torrente de estremecidas preguntas. Luego regresó la voz de Warren, teñida de extraña consternación:

-¡Carter! ¡Por amor de Dios, pon en su sitio la losa y márchate si puedes! ¡Rápido!... ¡déjalo todo y márchate!... ¡es tu única oportunidad! ¡Haz cuanto te digo y no me preguntes por qué!

Yo lo escuchaba, aunque tan sólo era capaz de repetirle mis frenéticas preguntas. A mi alrededor había tumbas y oscuridad y sombras; a mis pies, algún peligro que rebasaba la humana imaginación. Pero mi amigo se hallaba en un apuro mayor que el mío y, a pesar del miedo, sentí un vago resentimiento al constatar que me creía capaz de abandonarlo en tales circunstancias. Más chasquidos, y tras una pausa un grito lastimero de Warren.

-¡Lárgate! ¡Por el amor de Dios, pon en su sitio la losa y sal pitando, Carter!

Algo en el habla infantil de mi compañero, evidentemente conmocionado, liberó mis facultades. Formé y tomé una decisión.

-¡Warren, aguanta! ¡Voy para allá!

Pero ante tal ofrecimiento el tono de mi interlocutor se convirtió en un grito de completa desesperación.

-¡No! ¡No puedes entenderlo! ¡Es demasiado tarde... y es por mi propia culpa! ¡Pon en su sitio la losa y corre... no hay nada que tú o cualquier otro pueda hacer ya!

El tono volvió a cambiar, adquiriendo esta vez una cualidad más suave, como de una resignación desesperada. Aunque seguía tensa de ansiedad por mi suerte.

-¡Rápido... antes de que sea demasiado tarde!

Intenté no hacerle caso; traté de romper la parálisis que me paralizaba, y realizar mi promesa de acudir abajo en su ayuda. Pero un nuevo susurro me encontró aún preso, inerme, en las cadenas del implacable horror.

-¡Carter... deprisa! No tiene sentido... debes irte... mejor uno que dos... la losa...

Una pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:

-Esto se acaba... no lo hagas más difícil... cubre esos malditos peldaños y salva tu vida... estás perdiendo el tiempo... adiós, Cartel... no volveremos a vernos.

Aquí el susurro de Warren creció hasta convertirse en un grito; un grito que gradualmente se transformó en un alarido cargado con todo el horror de las edades...

-¡Malditos sean estos seres infernales... legiones... Dios mío! ¡Huye! ¡Huye! ¡Huye!

Tras esto llegó el silencio. No sé cuántos eones interminables permanecí allí, estupefacto; susurrando, murmurando, llamando, gritando en el teléfono. Una y otra vez durante esos eones susurré y murmuré, llamé, grité y vociferé.

-¡Warren! ¡Warren! Responde... ¿estás ahí?

Y entonces me llegó el horror que culminaba todos los anteriores... aquel suceso increíble, impensable, casi innombrable. Ya he dicho que parecieron pasar eones desde que Warren me vociferara su postrer aviso desesperado, y que sólo mis gritos rompían desde entonces el espantoso silencio. Pero tras un lapso hubo un chasquido posterior en el auricular, y yo agucé el oído para escuchar. Llamé de nuevo.

-Warren, ¿estás ahí?

Y en respuesta escuché lo que ha tendido esa nube sobre mi entendimiento. No pretendo, caballeros, explayarme acerca de ello, esa voz, ni puedo osar describirlo en detalle, ya que las primeras palabras laceraron mi conciencia y provocaron un vacío mental que alcanza hasta mi despertar en el hospital. ¿Podría decir que la voz era profunda, hueca, viscosa, distante, ultraterrena, inhumana, incorpórea? ¿Qué puedo decir? Ahí está el final de lo que recuerdo y el final de mi historia. Lo escuché y no sé más. Lo escuché mientras me sentaba petrificado en ese desconocido cementerio del pantano, entre las ruinosas piedras de las tumbas derrumbadas, la exuberante vegetación y los vapores malsanos. Lo escuché surgiendo de las profundidades más remotas de ese detestable sepulcro abierto, mientras veía sombras amorfas, necrófagas, danzando bajo una maldita luna menguante. Y lo que dijo fue:

-¡IDIOTA! ¡WARREN ESTÁ MUERTO!
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